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El biocarbón podría utilizarse para enterrar durante miles de años el dióxido de carbono (CO2), causante del efecto invernadero, producir bioenergía, aumentar las cosechas gracias a su poder fertilizante y frenar la deforestación.
El biocarbón es una especie de grano fino de carbón producido a partir de la quema de biomasa o de residuos orgánicos, como virutas de madera, restos de cosechas o estiércol. Según sus defensores, sus aplicaciones podrían ser muy valiosas para combatir algunos de los mayores problemas medioambientales actuales, como el cambio climático, la energía, la producción de alimentos o la deforestación.
Aseguran que su proceso de producción contribuye a una doble reducción de emisiones de CO2. Por un lado, permite la producción de bionergía que puede transformarse en electricidad, así como en etanol y metanol, unos alcoholes con múltiples aplicaciones, entre ellos su conversión en combustible. Y con su utilización se evitaría la emisión de CO2 de los combustibles fósiles, además de aprovechar los residuos de los que se nutre y que de otra forma acabarían descomponiéndose y devolviendo el CO2 a la atmósfera.
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El sector agrario tiene la responsabilidad de adoptar medidas encaminadas a tener una posición más eficiente en su actividad.

Mejoras en la producción
Cabrían dos tipos de actuaciones: las que pueden o deberían venir desde las Administraciones para apoyar la actividad en el campo y las que puede y debería adoptar el propio sector agrario.
En lo concerniente a los fertilizantes, hay un margen amplio para el desarrollo de una política basada en un abonado correcto, dando a cada parcela el apoyo que necesita, previo análisis de suelos para evitar excesos de unos nutrientes y falta de otros. Para lograr una mayor eficiencia se deben enterrar bien los abonos, no hacerlo en terreno encharcado y evitar hacerlo de manera que se lo puedan llevar las lluvias.
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